domingo, 18 de junio de 2017

Fervoria.

Encontré piedad, fervor; luego anarquía y compasión.
Unas vinieron antes que las otras. Sin piensas en gris y dorado, ¿qué ocurre?
¿qué se te ocurre a ti? Yo pienso en donas, quizá en dunas. Una mujer con cielo gris, dorado cabello.

Entiendo con esto mis inquietudes, lo más sincero es que entiendo mejor las suyas que las mías. Dudo sobre mi color favorito, pero el tuyo lo sé.

¿Qué música es la que se parece al Sol?

De manera, más anárquica, vivo con fervor y devoción a mis letras.
No desechen a la soledad por parecer poco divertida, lo es.
¿Sabéis lo que es sentirse solo, acompañado de otra soledad?
Tú y otra persona que respira y rezuma perdón, sois uno sólo y solo.

Vivimos entre inflexiones que me infectan.

Tan sólo y tan solos, como esa música en manos de un quimero.
Tan sólo y tan solos, como una rosa en un jarrón bonito, detallado.

Tan sólo y tan solos, como esa rosa en gélidas y maravillosas manos muertas.

viernes, 9 de junio de 2017

Figurándote.

Yo en el fondo ya sabía cómo eras.
No sabía quién eras pero sí cómo.
Lo supe al momento. Como las veces pasadas.
Si estoy tumbado y pienso en cómo encandilar a ese sueño,
todo se desvanece. Lo real al menos.

Por pensar, pensé en lo bien que estarías aquí conmigo.
Pero no estás. Sé que estarás.
Sé que cada paso terrestre que fulmino, camino hacia algo concreto.
Una predicción natural, única para el ser humano. Única en tanto que nos
emociona escuchar discos compartidos. Yo con ella. O ella con aquél.
O ella. O él.

No se basa en prenombrarla hasta que aparezca.
Creía en vestidos largos.
Zapatillas, tacones, pie raso o lluvia seca.
Lluvia que dramatiza, no molestan sus moléculas.
Las disfrutas.

Yo figuraba una despedida en un andén,
y fue en una marquesina de bus urbano.
Uno de esos verdes y ascéticos. La esperanza se reduce a eso. En fin.

Creé un futuro que no aplicaré nunca, porque tú eres tú y tus motivos para mí,
son poesía pura.
Y tal como poesía, por cuál poema te encontré. Supe arder sin fuego.

Todo mientras figuro cómo soñaré.

sábado, 3 de diciembre de 2016

El viejo que fabricaba juguetes. (Capítulo 2)

Sus reuniones cada vez eran más frecuentes. Más desde que le intentaron robar su negocio. Afortunadamente, todo seguía en su sitio ,y, tras comprobarlo varias veces, volvió a su particular fiesta. Estaban allí sus amigos de siempre, ya ancianos, parloteando acerca de sus últimos viajes. Todo marchaba con normalidad y las palabras volaban de aquí para allá. Normalmente en estas fiestas que Mauro montaba, se exhibían ideas locas y atrevidas para así hacerlo todo más divertido.
-Tengo la idea de esta noche, chicos- dijo Guille, fiel amigo y antiguo fotógrafo de Mauro cuando trabajó como corresponsal de guerra- vamos a tomar unos tés especiales que he traído de Marruecos. Guille estuvo en Marruecos, era una de esas historias que se habían contado. Entonces Guille se levantó del sofá rojo aledaño a la pared, justo debajo de una ventana que daba a la playa. Debajo de una de las sillas que nadie usaba había un pequeño maletín de cuero. Guille lo cogió y lo abrió, extrayendo de él dos cajitas, una negra y otra roja.
-Esto, amigos míos, es la continuación de nuestras mentes aquí presentes. Traed dos teteras con agua hirviendo- dijo volviéndose a sentar en el sofá rojo, clavando la mirada en Mauro y sosteniendo una mueca para que fuera a por esa agua hirviendo.
Seguidamente, Mauro y su (viejo) amigo de la infancia, Juan se levantaron hacia la cocina en penumbra. Era invierno y en el pueblo oscurecía la tierra pero no el cielo. Cuando anochecía quedaban unas luces que hacían de los lugares constante penumbra, como abandonados. Y es que el cielo aún está teñido de luz e incluso en algunos lugares del planeta puedes ver la noche y el día a la vez. Mauro siempre creyó que el mar influía, ya que él veía que esa luz que daba al pueblo costero era especial. Se dio cuenta al regresar de Bosnia y volver a trabajar en su pequeño taller artesano, el cual era su negocio, o más bien pasatiempo lucrativo. Era una luz nostálgica y desde entonces intentó hacer este tipo de reuniones. Como en esta ocasión, a veces se implementaba a mitad de la velada cuando las mejores historias ya han sido dichas y recitadas, algún tipo de aliciente ocioso. Droga de algún tipo, quizá vodka rumano, algún vino croata, hachís de Pakistán, en definitiva alguna delicatessen que diera pie a más historias. Esta vez eran unos tés raros y desconocidos que Guille había brindado de su viaje a Casablanca. Mauro llegó el primero y anunció que Juan volvería en seguida con el agua. Pidió entonces a Guille que les hablara sobre esos tés. Guille hizo ademán de toser, pero, sin llegar a hacerlo e incorporándose a una hipotética fogata, explicó el origen de los tés.
-Bien, chicos, estos tés son una locura. De verdad, os dejarán locos -esta vez hizo el ademán y además tosió-. Estaba en un bar de Casablanca intentando buscar una foto a Humphrey Bogart, ya sabéis, una foto en blanco y negro con algún fulano apoyado en la barra del bar, cuando alguna otra fulana, llamémosla prostituta, se le acerca para intentar flirtear para el trabajo. Tenía hasta la cámara preparada. Entonces se me acercó una chica (muy guapa, por cierto) e intentó aquello que yo estaba buscando, sólo que yo era el guaperas de Bogart. Le expliqué antes de que intentara seducirme que me atraían más los hombres, pero ella insistió para que al menos le invitara una copa, y lo hice. Recuerdo que pidió un gintonic de fresa. Yo pedí un whiskey. Debió fijarse en la cámara porque entonces me preguntó qué hacía por allí. Le dije lo de la foto y ella escuchaba mientras me ofrecía cigarros y degustaba su gintonic.
A estas alturas, Juan ya había traído la jarra con el agua echando humo. Todos escuchaban a Guille en silencio. Continuó su historia donde él acabó junto con la prostituta y su novio tomando estos tés caseros que la madre de éste preparaba.
- Entonces entra su madre con dos cajitas iguales que éstas de aquí- dijo abriendo las dos cajitas y sacando dos bolsas bastante más grandes que las normales. Las metió en una ensaladera con agua que tenían en la mesa de la casa del novio y esperaron tres minutos- Guille introdujo las dos bolsas en la jarra y esperaron los tres minutos. Ahora coged todos un vaso y echaos. ¡Ah! y traed sal.
Mauro se levantó, repartió un vaso a cada uno y trajo un bote de sal. Todos se echaron un vaso de aquel té color purpúreo.
-Ahora echadle un poco de sal y os lo bebéis muy despacio, no de un trago, el tiempo que necesitéis para acostumbraros al sabor. Yo diría que es un sabor espiritual, lejos de la lengua.
Todos hicieron caso y comenzaron a beber. El efecto fue curioso entre los presentes. Guille parecía tranquilo y sereno, mientras que Ángel, amigo de Mauro desde Kabul, empezó a sudar como si de una fuente se tratara. Casi nadie mediaba palabra alguna. Alguna risotada rara, respiraciones potentes, todo cambió cuando Mauro se levantó para encender la luz. No se percataron de que ya estaban a oscuras, la penumbra se había marchado al cielo hacía ya rato. La luz serenó el ambiente y comenzaron a discutir filosóficamente sobre trivialidades. Las drogas por lo general ayudan mucho a estos matices de la vida. A mirar con otros ojos los colores y las formas. Esas formas a priori se cuestionan con ojos inocentes e interrogantes. Guille salió de su letargo, ya que se había mantenido ausente todo ese tiempo, y puso algo de música. Resonaron trompetas y baterías suaves que cambiaban de tempo constantemente. Guille elogió la discografía que Mauro conservaba, la mayoría eran vinilos de su padre y algunos que había recopilado. Aquel era uno de jazz, algún directo en Nueva York, algún club de mala muerte. Todos se dejaron llevar y algunos se marcaron graciosos bailes trastabillados. Todo era gracioso.
-¿Os acordáis de aquel día de San Juan en Sarajevo? Estábamos todos juntos por primera vez y saltamos la tradicional hoguera con una pequeña fogata fruto de una bomba cercana -Ángel parecía entusiasmado y contagió la idea a sus compadres. Guille se levantó y cogió una edición de La Ilíada de una gran estantería repleta de libros que había en el salón, la tiró a una papelera de escritorio y lanzó una cerilla larga para chimeneas en su interior.
-Una pena no haber podido fotografiar aquella batalla. Lo del caballo hubiese estado bien.
Todos rieron y uno por uno fueron saltando por la papelera. Mauro se sentía genial. Estaba feliz de este reencuentro. Pensó que deberían hacerlo más a menudo. También pensó que debía hacer un muñeco para celebrar la ocasión. Un muñeco como Guille. Cogió una cerilla y la prendió para perderse entre sus llamas pensando en el proceso para hacer el juguete. Dejó a la tropa bailando y él bajó a su taller para comenzar a lijar la madera y a darle forma. Pensó que alguno se quedaría allí dormido pero no le importaba. Únicamente le importaba tallar la madera.

martes, 15 de noviembre de 2016

El viejo que fabricaba juguetes (Capítulo 1.)

En ocasiones los lugares más simples, aunque estén contenidos en bellezas, encierran historias, o más bien las ocultan, detrás de sus caminos, playas, casas, bares… El agua y los acantilados siempre han teñido de misterio o de tramas ocultas al paisaje que se muestra en primera instancia. A veces todo quiere mostrarse y utiliza esas tramas para hacerse visible. Hechos poco comunes florecen en verano después de haber guardado reposo durante el invierno, callados como presos peligrosos en una celda de aislamiento. Será en verano, ya que llega vida a estos paisajes. Pueblos pequeños alojados en pendientes, con el mar y la playa rocosa a sus pies para acabar en la parte alta, donde grandes villas albergan enormes casas y garajes; con un césped y varios perros, quizá una gran fuente; varios coches de alta gama con colores minimalistas y agónicos: todo esto regido por familias con el ser y devenir  de lo que aparenta ser una familia humilde o como mínimo bien saldada. La riqueza se reparte –quizá - en estos  lugares de una forma más ética, sin reproches y sin poder. Es el caso de una de estas familias de las partes altas de la colina. En una de estas villas vivían dos ancianos ya retirados de las labores sociales de remuneración con las que tanto ahínco habían pasado gran parte de su vida. Habían acaudalado aquella villa y aquellos bienes, pero no recitaban nunca la blasfemia de presumir de aquello. Pasaban sin problemas el mes pero no se podían permitir mucho más. Todo aquello proviene de la acumulación y no del talento instantáneo pero finito. Trabajando copiosamente y dejando pasar el tiempo a su alrededor. Forjaron en aquella misma villa una familia de la cual sus hijos ya volaron a las grandes metrópolis a labrarse un mañana. Todos sus vástagos trabajaban y no necesitaron ayuda alguna por parte de sus padres. Cada verano, toda la familia se reunía en la vieja villa de los abuelos para festejar la igualdad de sangre, y las peripecias de las otras tres estaciones restantes. Quizá en Navidad hubo alguna visita, pero en verano era la reunión oficial. Irían sus dos únicos hijos, Darío y Julia, con su esposa y esposo, junto con sus hijos. Estos eran los verdaderos protagonistas del verano. Y de uno en concreto el cual cambió las visitas al viejo pueblo de los abuelos para siempre. Un adolescente, un preadolescente y dos niñas pequeñas que se esperaban un verano más entre los anteriores y los que estaban por venir. Pero no fue así.

martes, 4 de octubre de 2016

Relatos de un filósofo mediocre. Drogaína y otros despropósitos.

La droga es sana y más aún cuando eres universitario o desempleado. Ojo a la palabra "desempleado" cuando me quiero referir a gente de mi edad. Son cosas que no debería escribir pero... Mi faina es la siguiente: soy universitario y me drogo - y para más inri estudio Filosofía -. Me gustaría aclarar que no me drogo como en esas pelis kinkis de los años setenta/ochenta. Las agujas de momento sólo para insertar tinta en mi piel cuando tengo el dinero suficiente. Bebo, fumo tabaco, de vez en cuando porreles y me gusta. Será por eso de la bohemia vida del que disfruta de las vidas bohemias. Incapaz de vivir una pero acercándose todo lo que pueda para llegar a tocarla, mediante un cigarro bien fumado y leyendo a Hemingway luchando contra un pez. Esa referencia, de gratis. La función estética del copazo de vino barato y un buen cigarro humeante dependerá de a qué escritores leas. Sería como intentar esas resoluciones solitarias leyendo a Elvira Lindo, Blue Jeans o, como no, Paulo Coelho. No es lo mismo. Hay un hueco oscuro lleno de escritores borrachos, drogadictos y con circunstancias personales que ya de por si dan para una buena novela. Yo me pregunto hasta dónde la estética es necesaria para que se lea a estos autores. Sí, es cierto, hay gente que disfruta de leerlos y son straight edges pero no va por ahí la cosa. Olvidemos ubicar por un momento. Pensemos en la imagen pura (me ha salido solo, Kant no me gusta) y en el arquetipo de escritor aventurero que escribe sucesos cotidianos. Esos sucesos son para vidas ajetreadas; apuestas, alcohol, prostitución... y eso hay gente que lo valora estéticamente. Me encantaría haber llevado la vida de Kerouac o de Panero, no por sus novelas o poesías, si no por una cuestión estética. Me gusta "cómo queda" todo eso en un currículum. En mi caso, ahí veo la esencia del escritor que sangra lo que escribe aunque la mayoría de cosas sean ilegales. Si os sois sincero, me revienta ir a tiendas de libros de segunda mano y encontrarme ediciones de Oscar Wilde al lado de Dalas, por ejemplo. Porque pienso que aunque todo el mundo tiene derecho a escribir, sólo unos pocos pueden ser escritores, y eso se aprende. Se aprende a sentir y deletrear lo escrito para disfrutarlo desde otro punto de vista. Por ello, yo no me siento escritor aunque pretenda tener cierto fuelle. No vivo esas vidas de ensueño que me imagino cuando leo a Borroughs o a Camus. Digamos como conclusión que me atrae la bohemia. La bohemia moderna, que yo la entiendo como la "la belleza del escroto" ya que belleza y escroto son palabras que suena como muy raras cuando comparten oración ¿no es cierto? Lo mismo me pasa con drogas y literatura, son palabras que me atraen porque una contiene la belleza, y la otra la ensucia para embellecerla. Porque la palabra escroto al principio suena mal, pero cuanto más la dices más tecnicista y perfecta suena. O algo así.

viernes, 6 de mayo de 2016

Relatos de un filósofo mediocre. Pensamientos II.

Curiosa la conexión que genera tu mente con tu entorno cuando estás en un lugar público solo. No un lugar público tipo parque o plaza. Emplazamientos públicos, tipo Burger King o alguna cafetería impersonal de las que hay por el mundo. Como decía, me parece curiosa esa conexión súbita e innecesaria que hace tu mente con el establecimiento y las almas de las personas que lo ocupan. Cuando estás solo te crece esa vena humanista que toda persona contiene muy dentro sí y que solo reluce de manera heroica cuando ocurre un atentado, perpetrado por un grupillo de gente muy mala que ataca a gente muy buena y que como es normal, yo, que soy de esa gente buena, me compadezco de otra gente buena y me indigno por el acto de esa gente mala. Me estoy desviando del tema, seré de esas personas malas. Decía que en estos establecimientos de carácter público, cuando se está solo, se piensa de distinta forma. Contemplo lo que acontece de una manera más profunda. Cuando entro en este tipo de trance existencial miro hacia todos los grupillos de jovenzuelos -y a veces no tan jovenzuelos- que suele haber por allí. También hay de mi edad. Universitarios que no quieren cocinar ese día y bajan a por unas hamburguesas bien ricas y frescas. Probad a ir solos a las ocho de la tarde un viernes cualquiera. Mirad, yo vengo de un pueblo grande o ciudad pequeña, como oportunes. Recuerdo y casi siempre con ternura y anhelo, mis doce/trece años bien cumplidos, sano, escuchando musicote y quedando los días de diario para hacer el cafre; mi paga de dos o tres euros, según convenga; ir a los cibers y echar allí mis horitas con los colegas. Normalmente los chicos íbamos por un lado y las chicas por otro. Se tonteaba de muy mala manera -normal para la edad- y mi teléfono era unos de estos Nokias que todos hemos tenido. Sí, ese que se deslizaba y bum, camarote VPG. Según he podido ir recopilando de conversaciones con gente de otros sitios, esta rutina pre-adolescente es bastante común. Pues en esto pensaba yo en un Burger King cuando vi comportamientos que me llamaron la atención. No caeré en el tópico generacional de "mi época es mejor que las que vengan y la que se fue no nos entendió". Pero casi. Sólo tengo que decir que la niñez y la adolescencia de esta generación dos mil queda en una situación que no le corresponde. Por supuesto hablaré en términos generales y sin ánimo de ofender. Quién se ofenda que se joda. Pero seamos sinceros, los blogs literarios o de pensamientos no suelen interesar a estos jóvenes. He visto a un pre-puber mirar de la manera más lasciva posible para su edad y su posible condición sexual -asumiré que es heterosexual y mucho, si es que sabe lo que es eso- para acto seguido soltar algún tipo de guarrada, bastante elaborada para lo que se puede esperar de él sobre sexo. Esto también se hacía en mi época. Yo lo he visto y no negaré que alguna vez lo pudiera haber hecho. La diferencia es que acto seguido solíamos correr en dirección opuesta tras soltar alguna tontería y reirnos de nuestra poderosa valentía de decir un "tía buena" bien gritado a cinco metros suyos para asegurar la carrera. Yo creía que lo de las burradas de seres profundamente alcoholizados en un botellón, eran para mi generación cuando tuviera unos dieciséis/quince años. Incluso lo sigo viendo a veces en San Justo a las tres de la mañana. Pero para esta nueva generación eso constituye un Burger King a las ocho de la tarde un viernes con mis nuevos colegas de primero de la ESO. No lo criticaré tanto por su edad pero, sí por ese salto generacional que mencioné, lo veo interesante y distante. 
Asumo por varias razones que la educación directa de los padres es similar a la de mi generación, y evoqué esos recuerdos que tengo de cuando tenía su misma edad. El chaval vestía mejor que yo actualmente, eso seguro. Valía más lo que llevaba puesto que lo que había en mi mochila. Asumo también que seguramente habrá bebido ya. Es curioso lo que llegué a pensar mientras observaba y recordaba mi pasado. Mi primer beso, mi primer cubata, mi primera baja en el Counter-Strike, mi primer coqueteo con la literatura, amigos y un largo etcétera. 
Para terminar, diré que me consuela lo siguiente: El único lazo que une a mi generación con esta nueva es que seguimos saliendo a las seis de la tarde un viernes, y nos recogemos a las diez y con suerte un sábado. Lo que pasa es que a ellos seguro que le dan más paga, si no de qué.

jueves, 5 de mayo de 2016

"Relatos de un filósofo mediocre. Pensamientos I"

Me paso el día entre libros. Todo el día. Leo mucho y de una forma voraz. Leo por gusto y para aprender. Estudio Filosofía y esta es la manera de mantenerla viva, También fumo y bebo. Me gustan Bukowski, Kerouac y Borroughs. Veo romanticismo en sus escritos, una especie de neo-romanticismo. No me gusta esas etiquetas pero son recurrentes. Fumo y bebo, como he dicho, y así - de alguna manera - mantengo viva a la Filosofía.

No me gusta ir a algunas clases. Esas clases casposas; esas clases académicas de PowerPoint y de copiar lo que dice el mismo, que es a su vez lo que narra el profesor de turno. Pienso y me siento a veces culpable de estudiar, por eso del dinero que se deja uno en la universidad. Soy de los que piensan que estudiar algo por que sí es una de las cosas más gratificantes que existen. Pero hay una línea frágil entre la culpabilidad y el disfrute; o de sentirme culpable por disfrutar de algo, o de sentirte culpable por no aprovecharlo. Yo estoy más cerca de lo segundo. Me siento privilegiado de estudiar; de los amigos que tengo; de mi padre dándome dinero cada mes... El problema es la culpabilidad de sentirme así. Culpable de poder hacer algo que muchos no pueden y quizá merezcan más que yo. También escribo. Es quizá la manera que tengo de desahogo - ¡Vivan los tópicos! - o de expandir ese privilegio en un papel. A veces escribo durante esas clases casposas y me siento menos culpable al salir de clase. Llego a casa, me fumo un buen cigarro de la risa y me siento menos culpable que cuando salí de clase. Cojo un libro, quizá Aristóteles o quizá Juego de Tronos; quizá de Wittgenstein o quizá de Horacio Quiroga. Lo leo fervientemente mientras fumo. Luego pienso que tengo que hacer algún trabajo de alguna asignatura de algún profesor al que poco le importamos como alumnos y a veces como personas. Me lío otro porro y se me pasa. Sigo leyendo y fumando, a veces escribo algo relacionado con lo leído. Cualquier cosa menos el trabajo... Pero no todo es asi en la universidad, es más, digo desde ya que las clases de Filosofía son diferentes a las de el resto de carreras, o en su gran mayoría. Disfruto mucho en general y es entonces donde esa culpabilidad se ahoga durante cincuenta y cinco minutos y disfruto completamente de ese privilegio. Se debate sobre todo tipo de cuestiones, da igual qué clase sea, me siento realizado y en conexión con tu disciplina, tus buenos profesores y tus compañeros.

He de decir que no soy buen estudiante. Soy demasiado vago para casi todo. Incluso para escribir. Sé que no voy a sacar las mejores notas pero no me preocupa. Mis años de estudiante espero que pasen rápido y pueda adquirir todo lo que quiero hasta ahora. Creo que esto que a mí me ocurre le pasa a muchos estudiantes. Estudiantes que - sean mejor estudiantes o peores - no les interesa tanto eso de acabar la carrera para trabajar justo después y comenzar la atadura de la vida y ser alguien productivo. Yo veo más esta etapa como parte de un "proceso vital" en el cual lo importante es vivir y aprender. Por eso creo que ese sentimiento de culpabilidad del que hablé es infundado de una manera social. De presión de la misma. Todo eso de beber y fumar me lleva a sentir esa culpabilidad por una cuestión de pérdida de tiempo. Pero he leído lo suficiente como para desechar de una manera pragmática esa culpabilidad. Creo que todo lo que hago forma parte de ese proceso que mencionaba y que siempre a mí manera -quizá la manera de más gente- considero que me ayuda a crecer como persona y no como producto. No como uno más. Porque así es como veo al género universitario en su mayoría, tanto a nivel de carreras como de estudiantes; son productos logísticos. Quizá sea muy romántico en el sentido más amplio del término. Yo quiero viajar y escribir en otros países, en otros continentes. Pero para hacerlo hace falta hacer todo lo que no hago para ganar dinero en un futuro; estudiar mucho y memorizar mucho para nada, sacar matrículas para que me perdonen dinero en mi próxima matrícula, llevar todo al día y trabajar para algunos que no les importas nada...

No sé si quizá soy imbécil o simplemente y como dije antes, muy vago. Son estos pensamientos igualmente vagos. Pensamientos que estoy escribiendo ahora mientras escucho música en Youtube tirando en la cama, con una botella de vino cerca y un libro o porrele en la mano. Estudio Filosofía y así hago mi filosofía. Mejor escribir así, sin preocupaciones. Llámalo epicúreo o llámalo hedonista, pero joder como me gusta.