martes, 3 de mayo de 2016

La Meta-Literatura como desnudo. Escritor contra lo escrito. Un trabajo sobre Niebla de Unamuno.

Sin duda alguna, esta obra de Miguel de Unamuno, pese a la sencillez que la trama ofrece, se esconde un trasfondo filosófico que abarca temas sobre el amor, la libertad… y según vamos descubriendo la novela, se mezclan tanto ficción como realidad con la apariencia que la novela brinda al lector. Esta apariencia se nos muestra mediante una niebla que envuelve el juicio de algunos personajes y que vemos cómo en cada cosa que nos cuentan existe un vaho detrás, el cuál ellos presuponen y ciegan sus acciones y decisiones. El libro difumina la línea entre la ficción y la realidad. También existe esta niebla en las descripciones físicas de los personajes y lugares, y pone en duda la naturaleza de la existencia humana.

Como sugiere el título Niebla, esta obra borra la línea entre la realidad y la ficción. Unamuno se mete dentro de la ficción y el protagonista descubre que es sólo un ente de ficción. Coloca al lector en una posición donde un Dios – en este caso Unamuno – está destruyendo un mundo, una apariencia, la suya. Vemos cómo hace ver a un personaje; a una creación puramente suya, que su vida no tiene sentido más allá de lo que su autor piense. Vemos durante la obra referencias del alter ego de Unamuno durante la nivola, Víctor, a que él dejará correr libres a los personajes, que no habrá nada premeditado; que escribirá aquello que les vaya ocurriendo a sus personajes. Pero Unamuno traiciona su apariencia y, una vez desmembrada, acude la realidad en ayuda a la ficción. El puente entre ficción y realidad nunca ha sido tal, lo que lo separa es un muro llamado apariencia. Unamuno lo rompe e introduce la realidad, que no es otra cosa que él mismo conversando con su ficción. Se deja evidente que la realidad del escritor era parte de su apariencia y era parte de su ficción. No era más que una proyección paralela y que en cualquier momento se pueden cruzar. Pero el lector no está acostumbrado. El lector lee desde la comodidad de su realidad. Sabe que lo que lee no es la realidad. Pero en ocasiones las apariencias engañan. En Niebla nos encontramos ante un desafío, nos encontramos ante la incursión de realidades en ficciones. Transiciones poco comunes y disparates de los que te das cuenta demasiado tarde, justo cuando has acabado la última página del libro. Nos encontramos ante una especie de metalingüística de carácter literario. Pero después de lo explicado podemos incluso hablar de metafísica. En cada monólogo existe entonces una metafísica ajustada por la apariencia del propio escrito, que evoluciona entre las páginas hasta llegar al punto inicial de todo; al propio Unamuno.

Somos testigos de la escisión directa entre autor y obra. Cuando se alcanza el capítulo XXX de la novela comienza el derrumbe. Todo conocimiento y toda creencia que pudiera llegar a tener el personaje es desechado por su creador. Nada es verdad para el personaje si es que tuviera realmente algún conocimiento más allá de las palabras que su fundador pusiera en su boca.
Pero resulta, que el propio Unamuno reconoce saber lo mismo que su personaje. La diferencia de roles no existen realmente entre el escritor y el personaje. Realmente toda la obra es un uno. Lo único que sabe y conoce el lector es que la obra tiene un personaje y un autor y que estos no deberían interactuar. Pero esto ocurre, interaccionan y convierte todo en una creencia. Unamuno creyó en dejar transcurrir a sus personajes. Creyó que cada conversación sería espontánea y que sería el personaje el que diera conocimiento a la obra. Que en definitiva, fuera la propia obra la que se hiciera, Unamuno solo escribía. Sin darse cuenta y cegado por esa creencia nivolística que crea, se da cuenta de eso no es posible, que sus personajes son él al fin y al cabo y que puede hacer lo que quiera con sus personajes. Nada es por casualidad. No se pueden adquirir conocimientos de la nada pero sí creencias. Seguimos a las creencias en ocasiones más que al conocimiento puro. Esto a veces lleva a una ruptura entre realidad y ficción. A Niebla le ocurre lo que le ocurre a Unamuno y viceversa. Esta bicondición es resumida en el creador de ésta interfiera en su ficción tanto en cuanto es su realidad. Porque el escritor sí conoce su propósito y pretende que su novela no. Pero nunca ocurre, o al menos a priori. En este punto, Unamuno reflexiona mediante su personaje sobre su propia existencia y revierte la fórmula. ¿Y si él fuera un ente ficticio que justificase la existencia de su personaje?

El sentimiento trágico y existencialista de esta obra nos ayuda a comprender a Unamuno y por ende a sus personajes. Podemos adivinar la voluntad del vasco mediante sus diálogos y monólogos y ésta no es otra que la vida y la muerte. La razón de la vida es la muerte, y la muerte es la única forma que tenemos de sentir nuestro destino, el mismo para todos. Unamuno hace aparición en la novela cuando Augusto se plantea el suicidio. Ve necesario aparecer en este momento y no en otro, ni siquiera en los momentos junto a su álter ego, Víctor. La voluntad de Unamuno es la voluntad de un Dios. Es tener la vida de alguien en tus manos; destruir tu propia creación. Pero esta muerte es necesaria según la razón de la vida misma y de la voluntad última de Unamuno o de cualquier persona. Y la muerte no se puede arreglar ni siquiera en la ficción, ni siquiera tras las apariencias. Escribe muy acertadamente al igual que si muriera Augusto y lo intentara resucitar no podría, al igual que no podría resucitar a Don Quijote. Este sentimiento trágico sobre la vida no es novel en la obra de Unamuno
- incluso le dedica una obra completa “Del sentimiento trágico de la vida” – por lo que podemos adivinar los propósitos del vasco hacia sus personajes. Al final lo que vemos es una discusión “conciencia vs conciencia”. Unamuno contra Unamuno. Calzón rojo contra calzón rojo. Una pelea donde se busca persuadir a este sentimiento malicioso y al destino mortal que a todos nos espera. También se busca una solución a esto y en la novela hay múltiples ejemplos tales como el matrimonio, el amor, la libertad…

Estos ejemplos se dan en ocasiones como una apertura de mente para el personaje, para una mente creada artificialmente. Estos resortes, como también se les podría llamar, ocurre en el propio Augusto, el cual comienza a entender la vida de otra manera después de enamorarse de Eugenia. Sus actos ya no serán libres, sino que serán presa del enamoramiento. La cuestión aquí planteada es de una metafísica muy grave. El propio Augusto se sorprende ante su propio resorte. La vida le ha llegado mediante el amor, ese amor que únicamente es un objeto de narración para su creador, pero que a la vez permite a este último divagar sobre sus propios pensamientos. No hay determinación para el personaje; el fin del personaje lo halla en el fin, en el motivo de su creador, del escritor. Por tanto la nivola es nada, simple y llanamente. La nivola es única entonces. Nadie más podría hacer una nivola excepto el propio Unamuno y una única vez. Niebla es un ensayo de la libertad; es un ensayo sobre la libertad de los acontecimientos y del azar que finalmente concluye en esa destrucción de sí misma. El escritor no puede dejar escapar su nivola porque le pertenece. Tiene que finalizarla pero eso puede ser el fin de la libertad. En el momento en que Unamuno tiene/debe que matar a su creación, se convierte en un Dios; se convierte en el ser que da y quita vida a su antojo. No hay libertad en nada de esto. La nivola es el gran ensayo; la puesta en escena de una realidad, de una apariencia o de la ficción misma. O de todo a la vez.
Se pregunta así Augusto sobre Unamuno, que si no es el propio Unamuno una creación de algún otro escritor. De un escritor o de un Dios benevolente que ha dejado dar rienda suelta a la realidad de Unamuno y que así nació Niebla. Augusto se pregunta sobre si no es el propio Unamuno la justificación del propio Augusto. Es decir, podría haber una determinación para toda la nivola, pero no la hay. No más allá del propio Unamuno, que juega a ser Dios.




Para mí esto trata de poner en un ring y sin guantes al escritor con lo escrito. Se trata de una búsqueda ficticia en la realidad más clara. Se trata de buscar a ciegas para chocarte contra ti. De cómo crear y de cómo descubrir mediante la escritura, que tu mente puede ser una deidad para otros. Esos otros son tus personajes que reflejan – como hemos visto antes – en última instancia a tu propio yo. Unamuno realiza una introspección plena al incluirse él mismo en la trama. De dotar a su personaje de herejía contra sí mismo para reflexionar. Matar es Dios es suicidarse, por lo tanto Dios matará a sus creaciones. No me cabe duda de que Unamuno era el Dios de Niebla. De todos sus personajes; de cada uno de sus pensamientos. Dejó ver que su creación fluía entre mentiras de unos y misericordias de otros. De gratitud o de deseos de ser libre. De amar y de querer ser amados. Unamuno describió su realidad y la padeció creándola. La padeció tanto que hizo que su personaje doliente, Augusto, quería suicidarse. Pero Augusto tuvo una visión y recuerda de manera remota un ensayo de un tal Unamuno que le hace ir a visitarlo. Unamuno es Dios y por lo tanto Augusto visita sin saberlo a su creador. Unamuno va a matarlo y al hacerlo, se da cuenta de su poder como Dios. Percibe la vida de su creación palpitante en la pluma y decide actuar. Unamuno traslada esto a la realidad más pura según sus vivencias y ser él el “Augusto” de algún Dios. Esto le lleva a ese existencialismo, a ese que unos años después y de la mano de Roquentin y un tal Meursault iba a hacer preguntarse al ser humano sobre su mera y vana estancia en este mundo de realidades. En este mundo de dioses y creaciones. De vida y de muerte. De escritores, y escritos…

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