martes, 15 de noviembre de 2016

El viejo que fabricaba juguetes (Capítulo 1.)

En ocasiones los lugares más simples, aunque estén contenidos en bellezas, encierran historias, o más bien las ocultan, detrás de sus caminos, playas, casas, bares… El agua y los acantilados siempre han teñido de misterio o de tramas ocultas al paisaje que se muestra en primera instancia. A veces todo quiere mostrarse y utiliza esas tramas para hacerse visible. Hechos poco comunes florecen en verano después de haber guardado reposo durante el invierno, callados como presos peligrosos en una celda de aislamiento. Será en verano, ya que llega vida a estos paisajes. Pueblos pequeños alojados en pendientes, con el mar y la playa rocosa a sus pies para acabar en la parte alta, donde grandes villas albergan enormes casas y garajes; con un césped y varios perros, quizá una gran fuente; varios coches de alta gama con colores minimalistas y agónicos: todo esto regido por familias con el ser y devenir  de lo que aparenta ser una familia humilde o como mínimo bien saldada. La riqueza se reparte –quizá - en estos  lugares de una forma más ética, sin reproches y sin poder. Es el caso de una de estas familias de las partes altas de la colina. En una de estas villas vivían dos ancianos ya retirados de las labores sociales de remuneración con las que tanto ahínco habían pasado gran parte de su vida. Habían acaudalado aquella villa y aquellos bienes, pero no recitaban nunca la blasfemia de presumir de aquello. Pasaban sin problemas el mes pero no se podían permitir mucho más. Todo aquello proviene de la acumulación y no del talento instantáneo pero finito. Trabajando copiosamente y dejando pasar el tiempo a su alrededor. Forjaron en aquella misma villa una familia de la cual sus hijos ya volaron a las grandes metrópolis a labrarse un mañana. Todos sus vástagos trabajaban y no necesitaron ayuda alguna por parte de sus padres. Cada verano, toda la familia se reunía en la vieja villa de los abuelos para festejar la igualdad de sangre, y las peripecias de las otras tres estaciones restantes. Quizá en Navidad hubo alguna visita, pero en verano era la reunión oficial. Irían sus dos únicos hijos, Darío y Julia, con su esposa y esposo, junto con sus hijos. Estos eran los verdaderos protagonistas del verano. Y de uno en concreto el cual cambió las visitas al viejo pueblo de los abuelos para siempre. Un adolescente, un preadolescente y dos niñas pequeñas que se esperaban un verano más entre los anteriores y los que estaban por venir. Pero no fue así.

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