sábado, 3 de diciembre de 2016

El viejo que fabricaba juguetes. (Capítulo 2)

Sus reuniones cada vez eran más frecuentes. Más desde que le intentaron robar su negocio. Afortunadamente, todo seguía en su sitio ,y, tras comprobarlo varias veces, volvió a su particular fiesta. Estaban allí sus amigos de siempre, ya ancianos, parloteando acerca de sus últimos viajes. Todo marchaba con normalidad y las palabras volaban de aquí para allá. Normalmente en estas fiestas que Mauro montaba, se exhibían ideas locas y atrevidas para así hacerlo todo más divertido.
-Tengo la idea de esta noche, chicos- dijo Guille, fiel amigo y antiguo fotógrafo de Mauro cuando trabajó como corresponsal de guerra- vamos a tomar unos tés especiales que he traído de Marruecos. Guille estuvo en Marruecos, era una de esas historias que se habían contado. Entonces Guille se levantó del sofá rojo aledaño a la pared, justo debajo de una ventana que daba a la playa. Debajo de una de las sillas que nadie usaba había un pequeño maletín de cuero. Guille lo cogió y lo abrió, extrayendo de él dos cajitas, una negra y otra roja.
-Esto, amigos míos, es la continuación de nuestras mentes aquí presentes. Traed dos teteras con agua hirviendo- dijo volviéndose a sentar en el sofá rojo, clavando la mirada en Mauro y sosteniendo una mueca para que fuera a por esa agua hirviendo.
Seguidamente, Mauro y su (viejo) amigo de la infancia, Juan se levantaron hacia la cocina en penumbra. Era invierno y en el pueblo oscurecía la tierra pero no el cielo. Cuando anochecía quedaban unas luces que hacían de los lugares constante penumbra, como abandonados. Y es que el cielo aún está teñido de luz e incluso en algunos lugares del planeta puedes ver la noche y el día a la vez. Mauro siempre creyó que el mar influía, ya que él veía que esa luz que daba al pueblo costero era especial. Se dio cuenta al regresar de Bosnia y volver a trabajar en su pequeño taller artesano, el cual era su negocio, o más bien pasatiempo lucrativo. Era una luz nostálgica y desde entonces intentó hacer este tipo de reuniones. Como en esta ocasión, a veces se implementaba a mitad de la velada cuando las mejores historias ya han sido dichas y recitadas, algún tipo de aliciente ocioso. Droga de algún tipo, quizá vodka rumano, algún vino croata, hachís de Pakistán, en definitiva alguna delicatessen que diera pie a más historias. Esta vez eran unos tés raros y desconocidos que Guille había brindado de su viaje a Casablanca. Mauro llegó el primero y anunció que Juan volvería en seguida con el agua. Pidió entonces a Guille que les hablara sobre esos tés. Guille hizo ademán de toser, pero, sin llegar a hacerlo e incorporándose a una hipotética fogata, explicó el origen de los tés.
-Bien, chicos, estos tés son una locura. De verdad, os dejarán locos -esta vez hizo el ademán y además tosió-. Estaba en un bar de Casablanca intentando buscar una foto a Humphrey Bogart, ya sabéis, una foto en blanco y negro con algún fulano apoyado en la barra del bar, cuando alguna otra fulana, llamémosla prostituta, se le acerca para intentar flirtear para el trabajo. Tenía hasta la cámara preparada. Entonces se me acercó una chica (muy guapa, por cierto) e intentó aquello que yo estaba buscando, sólo que yo era el guaperas de Bogart. Le expliqué antes de que intentara seducirme que me atraían más los hombres, pero ella insistió para que al menos le invitara una copa, y lo hice. Recuerdo que pidió un gintonic de fresa. Yo pedí un whiskey. Debió fijarse en la cámara porque entonces me preguntó qué hacía por allí. Le dije lo de la foto y ella escuchaba mientras me ofrecía cigarros y degustaba su gintonic.
A estas alturas, Juan ya había traído la jarra con el agua echando humo. Todos escuchaban a Guille en silencio. Continuó su historia donde él acabó junto con la prostituta y su novio tomando estos tés caseros que la madre de éste preparaba.
- Entonces entra su madre con dos cajitas iguales que éstas de aquí- dijo abriendo las dos cajitas y sacando dos bolsas bastante más grandes que las normales. Las metió en una ensaladera con agua que tenían en la mesa de la casa del novio y esperaron tres minutos- Guille introdujo las dos bolsas en la jarra y esperaron los tres minutos. Ahora coged todos un vaso y echaos. ¡Ah! y traed sal.
Mauro se levantó, repartió un vaso a cada uno y trajo un bote de sal. Todos se echaron un vaso de aquel té color purpúreo.
-Ahora echadle un poco de sal y os lo bebéis muy despacio, no de un trago, el tiempo que necesitéis para acostumbraros al sabor. Yo diría que es un sabor espiritual, lejos de la lengua.
Todos hicieron caso y comenzaron a beber. El efecto fue curioso entre los presentes. Guille parecía tranquilo y sereno, mientras que Ángel, amigo de Mauro desde Kabul, empezó a sudar como si de una fuente se tratara. Casi nadie mediaba palabra alguna. Alguna risotada rara, respiraciones potentes, todo cambió cuando Mauro se levantó para encender la luz. No se percataron de que ya estaban a oscuras, la penumbra se había marchado al cielo hacía ya rato. La luz serenó el ambiente y comenzaron a discutir filosóficamente sobre trivialidades. Las drogas por lo general ayudan mucho a estos matices de la vida. A mirar con otros ojos los colores y las formas. Esas formas a priori se cuestionan con ojos inocentes e interrogantes. Guille salió de su letargo, ya que se había mantenido ausente todo ese tiempo, y puso algo de música. Resonaron trompetas y baterías suaves que cambiaban de tempo constantemente. Guille elogió la discografía que Mauro conservaba, la mayoría eran vinilos de su padre y algunos que había recopilado. Aquel era uno de jazz, algún directo en Nueva York, algún club de mala muerte. Todos se dejaron llevar y algunos se marcaron graciosos bailes trastabillados. Todo era gracioso.
-¿Os acordáis de aquel día de San Juan en Sarajevo? Estábamos todos juntos por primera vez y saltamos la tradicional hoguera con una pequeña fogata fruto de una bomba cercana -Ángel parecía entusiasmado y contagió la idea a sus compadres. Guille se levantó y cogió una edición de La Ilíada de una gran estantería repleta de libros que había en el salón, la tiró a una papelera de escritorio y lanzó una cerilla larga para chimeneas en su interior.
-Una pena no haber podido fotografiar aquella batalla. Lo del caballo hubiese estado bien.
Todos rieron y uno por uno fueron saltando por la papelera. Mauro se sentía genial. Estaba feliz de este reencuentro. Pensó que deberían hacerlo más a menudo. También pensó que debía hacer un muñeco para celebrar la ocasión. Un muñeco como Guille. Cogió una cerilla y la prendió para perderse entre sus llamas pensando en el proceso para hacer el juguete. Dejó a la tropa bailando y él bajó a su taller para comenzar a lijar la madera y a darle forma. Pensó que alguno se quedaría allí dormido pero no le importaba. Únicamente le importaba tallar la madera.

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