miércoles, 28 de junio de 2017

La comedianta de Zanzíbar.

I.
En la urbe cada esquina es ratón.
Guarida de Sófocles, nacimiento de la tragedia.
Llora; sintetiza un vestido azul en rojo.
A ella le encanta el rojo de la sangre.
Le gusta apoyarse bajo un farol y fumar cigarros.
Cuenta escenas de Shakespeare como si fueran dígitos.
La gente reía con su método proponiendo limosnas.
Propinas que gastará en limones por aquello de su voz.
Subiendo el cuello de su gabardina, sofocla por Zanzíbar.

II.
Dos bares abren sus puertas para los fantasmas.
Esos fantasmas perdidos o encajados en un televisor altivo.
El camarero sirve vasos minuciosamente, casi artístico.
A ella le encanta robar tragos.

Mesa por mesa cuenta sinfonías de Mozart con una flauta de pan. Reúne varios tragos y acaba borracha.
Entonces baila el gran Réquiem.

III.
A la comedianta le gusta el jazz suave.
También el country adulto.
Le gusta afilar grandes cuchillas.
Convertía sus dagas en espadas invencibles.
Escribe pequeño poemas.
Reparte novelas de sus vicios.
En el teatro ella reluce su ser.
Piensa en lenguas muertas y les da vida.
La gente ríe cuando esto pasa.
Digamos que le gusta gustar.
Se hace notar con escalas cromáticas
o cuando el Sol muere.
A veces se va a las vías oxidadas a mirar el cielo.

IV.
Por una vez no quiso ver a nadie reír.
Lo hizo como nunca. Recitaba un verso:
“El cráneo se hunde en Amor”.

V.
Algo de aquel verso que leía
se fue con el último hastío.
Pensaba en ese cráneo desde el suyo.
La que hace reír quería reír para sí.

Toda Zanzíbar reía por ella.
Por sus novelitas, obritas o Poemas…
Sucumbió y sonrió al encubrir su poema.
Describía que el amor la mató por reír.
Que eso invadió todo su ser.
Se sintió farsante en las tablas. Como si el amor quedase encerrado en su cráneo.
Real.

Sonrió, esta vez y sólo esta vez,
por ella.

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